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Conclusiones Tema General

Viernes, 6 Julio, 2018

Educar para comprender el mundo de manera crítica
Estamos viviendo unos tiempos trepidantes, apasionantes, con muchos retos que desde la escuela tenemos que saber acoger como oportunidades para definir y mejorar el sentido de nuestro oficio. Durante este curso, la escuela y la educación en Cataluña se han situado en el centro de algunas críticas, mediatizadas y politizadas de forma muy interesada por parte de algunos que pretenden fracturar lo que la escuela ha sido capaz de construir y cohesionar durante las últimas décadas. Ante esta situación, seguimos defendiendo con más firmeza que nunca el valor de la escuela y de la educación como aquello que debe favorecer la construcción del pensamiento crítico de todos los individuos, huyendo de cualquier dogmatismo ideológico, político o económico.

La sociedad parece organizarse sobre una idea de rendimiento de cuentas, de control, donde todo debe ser medido, desde una idea de eficiencia que parece haber sido impulsada por el capitalismo más feroz. La humanidad vive hoy en una revolución tecnológica que idealiza la innovación compulsiva y el pragmatismo, en una sociedad de la aceleración y de la posverdad, que no es más que aquella mentira que estamos dispuestos a creernos. Estas dinámicas sociales dominantes hacen que nuestro mundo sea incierto e imprevisible, y que genere lo que se podría llamar la sociedad de la incertidumbre. Para nosotros esta es una buena oportunidad para que la escuela se redefina y evite el colapso, construyendo una sociedad basada en valores que nos hagan más humanos.
 

La educación es un acto político
La vida es política y nosotros somos animales políticos, porque nos construimos ineludiblemente en relación con los demás. El ser humano es un animal cívico y social, y las ideas de bondad, justicia y felicidad se construyen socialmente desde una ciudadanía activa y participativa. Por todo ello pensamos que la escuela no puede estar al margen de esta dimensión política, porque hay que aprender a convertirse en un sujeto activo, comprometido con esta visión de la sociedad.

La neutralidad en educación es una idea que pone en peligro la formación del sentido crítico de las personas: no existe la educación «neutral». Educar es ayudar a descubrir otras perspectivas de comprensión de la realidad diferentes a las dominantes. Educar es abrir nuevas ventanas que, a menudo, no son las de la familia, ni las del poder económico, ni las de las religiones. La propia organización de la escuela, de sus espacios, de los grupos, de la planificación es ya un acto político que está definiendo las pretensiones educativas.

La escuela debe evitar que se la quiera posicionar a favor del mantenimiento de la sociedad establecida. Todos los maestros tienen opiniones políticas y opiniones sobre la política educativa, pero nunca deben pretender convencer a los demás para que las compartan. Tal y como decía Marta Mata, «política es pedagogía y pedagogía es política», y «es bueno que los niños sepan que sus maestros son tan normales que incluso tienen su opción política –y/o religiosa–. Y que son tan maestros que no la inculcan». Desde la escuela debe acompañarse la construcción de pensamiento, pero no imponer qué y cómo se debe pensar.

La actitud vital de los profesionales de la educación es la de desear sociedades mejores, y es por eso que las personas que educamos siempre seremos «militantes» de la apertura de miras, del debate, de la diversidad de miradas, y no seremos defensoras de los silencios, ni de dar argumentos que justifiquen las desigualdades o las injusticias.
La duda como motor del aprendizaje.

Los maestros nos hacemos preguntas y dudamos. Somos un colectivo de profesionales diversos que debemos generar interrogantes para estimular el deseo de los niños y de los jóvenes para que encuentren sus propias respuestas. De lo que se trata es de capacitar a los chicos y chicas para que aprendan a pensar por sí mismos, ofreciéndoles conocimientos e instrumentos para el análisis y la reflexión, para que puedan comprender lo que está pasando, por qué está pasando y que reaccionen y actúen. La pregunta y la duda son los elementos centrales del pensamiento crítico, para comprender el mundo y comprendernos a nosotros en el mundo.
 

Debate, diálogo y construcción colectiva del saber
La escuela no es el lugar de la transmisión sino de la construcción colectiva de cultura, debe ser un espacio público de debate y de intercambio de opiniones. Los valores y la ética se esconden en todos los gestos, en todos los mensajes con los que nos dirigimos a los compañeros, a los niños y a las familias, en todas las prácticas participativas, y son el eje del proyecto educativo.

También debe ser un espacio de serenidad donde los niños y niñas puedan dedicar sus fuerzas a descubrir la felicidad de aprender. Por ello debe apelarse a una escuela de los cuidados mutuos, de la convivencia positiva, de la solidaridad, de la empatía y de la transformación interior. Pero, sobre todo, a una escuela que respete los procesos de cada cual, que transmita pasión por el aprendizaje y que eduque en la vida y para la vida.

Nos parece imprescindible generar una nueva idea de coeducación que vaya más allá de mezclar a niños y niñas en las escuelas e institutos y que se fundamente en el respeto a todas las identidades sin que ningún grupo social se imponga. Lo importante en educación es poder pensar juntos con los demás, también con los que piensan diferente, para aprender a cuestionar las propias ideas e incluso a modificarlas.

En la escuela, niños y adolescentes deben poder vivir plenamente y no convertirse en escolares sumisos. Como maestros debemos velar para que comprendan el mundo de forma crítica y puedan ejercer su derecho a reaccionar y actuar para transformarlo y mejorarlo.
 

Desescolarizar la escuela y politizar la educación
Para politizar la educación debemos recuperar las narrativas cotidianas de nuestras vidas y de las vidas de todos los que vivimos en el espacio de la escuela como elementos centrales para llenar de significado y de sentido el protagonismo de cada uno de nosotros. Son narrativas alternativas que se viven en la cotidianeidad de la escuela cuando experimentamos valores, actos compartidos, cooperación generosa, atención al más débil, respeto a los procesos de aprendizaje de cada cual, a los cuidados y la atención mutuas... Son narrativas que politizan nuestra vida escolar diaria porque generan prácticas y formas de actuar y de ser radicalmente diferentes de las que se nos proponen desde una visión de la práctica donde dominan la organización, los currículos y las evaluaciones oficiales. La educación es una forma elevada de hacer política y de formación de ciudadanos críticos en proceso de construirse como sujetos activos de sus vidas.

En la escuela se aprende democracia practicando la democracia. Para aprender a ser críticos debe darse la posibilidad de tomar decisiones, asumiendo el error como un derecho que tiene toda persona que aprende. Los niños y los adolescentes encuentran en la escuela, en el instituto, estímulos y oportunidades imprescindibles para su desarrollo, su humanización, el descubrimiento del otro y el aprendizaje de la convivencia. Viviendo en común en la escuela se aprende a vivir en comunidad y en sociedad.

Si educamos para la libertad en libertad, para la autonomía creando espacios de decisión y responsabilidad, debemos creer que los niños y jóvenes son capaces de identificar y construir su propio currículum de aprendizaje. Este contexto contribuirá a formar personas con criterio con una imagen de la propia identidad.

En definitiva, estamos comprometidos con una escuela emancipadora y liberadora, y para conseguirlo es esencial generar conciencia crítica entre los maestros y profesores para después poder construir con los niños y jóvenes la voluntad de avanzar hacia una escuela pública que se convierta en un espacio de sabiduría, de fraternidad y de dignidad.

 

53 escuela de verano de rosa sensat
Barcelona, 9 de julio de 2018

 

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